martes, 2 de noviembre de 2010

¿ÉSTAS?... ¡ÉSTAS SON PEQUEÑECES!

Cada vez que tengo oportunidad, presumo el hermoso trabajo que desempeñé durante 13 años en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Una organización de asistencia social en la que se ayuda a personas en extrema necesidad, fue no sólo un trabajo que desempeñé con gran amor, fue definitivamente, el lugar donde me senté a platicar a diario con Dios. Donde día a día me demostró su amor, sus enseñanzas e incluso me regañó como buen padre amoroso. Trabajar para personas en completo desamparo me hizo ver la vida desde otra perspectiva. A través de todos estos ángeles, como solía llamarles, aprendí grandes valores en la vida. Nunca voy a olvidar al Profr. Burgos. ¡Cómo es la vida!, se dedicaba a dar clases a adultos que no sabían leer y escribir y, sin proponérselo,  a mí me enseñó una de las lecciones más importantes de mi vida.

La televisión es un medio que te envuelve, yo llegué allí por casualidad, y parte de mi labor en esta institución, era conducir un programa de televisión para solicitar apoyo y ayudar a todas estas personas en desamparo. Por más que uno lucha contra la vanidad, es imposible escapar a ella cuando te desenvuelves en ese mundo. Así que me dejé seducir en ocasiones por ello. Cambiando constantemente mi 'look' probé las famosas extensiones de cabello, así que gasté un dineral en unas hermosas extensiones onduladas para lucir, digamos, diferente y a la moda. Así que orgullosa de ellas, no dudaba en dejar mi larga cabellera suelta y presumir mi nueva apariencia. Hasta que un día, no se por qué, se enredaron y aquello se convirtió en una catástrofe. Una noche desesperada, empecé a llorar y no podía desenredarlas. Qué simple y tonto ¿no? pero mi enojo por el dinero gastado y mi desesperación pudieron más. A la mañana siguiente tenía que ir a grabar un nuevo caso para el programa de televisión, así que hablé con mi productor y le dije que no asistiría, que iba de inmediato a quitarme aquellas extensiones que habían arruinado mi día, mi noche... ¡mi vida entera! Gracias a Dios, Javier, me convenció de ir a grabar y después de hacer lo que quisiera con mi cabello. Así que me hice una trenza, me armé de valor y salí a grabar. El Profr. Burgos vivía en el municipio de El Carmen, Nuevo León. Mientras viajábamos a su casa, en el camino iba leyendo lo que pasaba con la vida de él para darme una idea de lo que sería mi entrevista. La solicitud de ayuda sería para su esposa, ya que tenía cáncer. Él había perdido sus dos piernas en un accidente automovilístico cuando se dirigía en un camión a su trabajo, tenían dos pequeños hijos y el único ingreso que percibían en esa familia, era el del profesor como maestro rural, vivían en una pequeña casa de adobe y sinceramente, yo pensaba encontrarme con un panorama definitivamente desalentador, una casa donde sólo la depresión y el llanto estuvieran presentes.

Cuando llegamos me llevé una sorpresa tremenda. Encontré una familia sonriente y todo el tiempo agradecida con Dios por la vida que llevaban. Tristemente, nuestra sociedad a veces necesita ver situaciones de total desamparo y desolación para tender la mano, así que ese panorama alentador no era muy convincente para el programa de televisión, es triste confesarlo, pero desde el punto de vista de producción esa es una realidad. Yo necesitaba a una madre que al menos, con tristeza, expresara su desesperación por tener cáncer y en todo momento esta hermosa madre y mujer, mostraba una sonrisa y alababa a Dios. Desde allí me sentí realmente ¡agradecida por conocerlos! Pero mi mente me decía que tenía que mostrar otra realidad si quería que la historia se resolviera. Así que le dije a mi productor que grabara unas tomas de apoyo mientras yo platicaba con el Profr. Burgos, segura estaba yo que algo encontraría en él, para al momento de entrevistarlo, pudiera "explotar" su dolor. Pobre ilusa era yo. 

Siempre traté con mucho respeto y dignidad a mis ángeles, como les llamé siempre, así que mi primer pregunta a solas con él, fue respecto a su "situación". No podía ser directa preguntándole qué sentía al no tener ambas piernas, no trabajar como él quisiera y poder dar el tratamiento de quimioterapia a su esposa. El Profr. Burgos viéndome con un rostro pensativo, me preguntó: "¿mi situación?" Sí, contesté con voz insegura, pensando que quizá fui muy directa. "Su situación", repliqué mirando sus piernas, encogiendo mis hombros y con gran vergüenza. En ese momento, el rostro del Profr. Burgos se iluminó, su duda respecto a mi pregunta se despejó y con voz alegre y con una seguridad tal me respondió: "¡Ah! se refiere a mis dos piernas. ¡Ay! Licenciada, ¿éstas?... ¡éstas son pequeñeces!, esto es lo que menos me preocupa". En ese momento, todo se detuvo para mí, sentí como si estuviera corriendo y de pronto un muro detuviera mi carrera desenfrenada, en mi mente se apareció repentinamente la imagen de mi noche anterior, llorando y maldiciendo unas extensiones que no podía arrancarme, pensando que estaba atravesando una situación realmente desesperante. Se me hizo un nudo en la garganta, me le quedé viendo y sólo pude decir: "Gracias profesor, me acaba de dar la lección más importante de mi vida".

Cómo son las cosas ¿no?, al Profr. Burgos, le fueron arrancadas sus piernas en un accidente, algo tan valioso como la vida misma y no le preocupaba; y yo, quería arrancarme unas extensiones a las que les di una importancia tal que sentía que el mundo se me venía encima. ¡Qué lección de vida me acababa de dar Dios! A partir de entonces, una de mis frases favoritas que repito en tanto más difícil sea la situación por la que atravieso es.... "¿éstas?... ¡éstas son pequeñeces!".


2 comentarios:

  1. Seguro! Me acuerdo de eso perfectamente Vero, Gracias por hacerme recordar ese momento.

    ResponderEliminar
  2. Woww q historia ! y tantas cosas q nos pasan las hacemos grandes, como cuando se cae la uña postiza :( Leccion d vida... salu2 DTB.

    ResponderEliminar