lunes, 8 de noviembre de 2010

BRAZOS QUE CONSTRUYEN

Bien dice un dicho que uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. Creo que cuando conocí a Gilberto, aprendí a valorar no necesariamente lo que tengo, sino todo aquello que he construido con lo que tengo. Suena extraño ¿verdad?  pero esta historia pareciera ser todo lo contrario a lo que siempre había dicho una y otra vez cuando perdía algo tan valioso en mi vida . Gilberto iba a ser presentado en el programa de televisión en el cual solicitaríamos apoyo para prótesis de ambos brazos, ¡sí! leíste bien, la misma impresión me causó a mí cuando leí esta historia antes de conocerla. Era un muchacho sumamente joven, veintitantos años tenía cuando lo conocí, vivía en una casa construida de cartón y pedazos de madera, el piso era de tierra y el techo de lámina, no tenía luz, ni agua, y no sólo eso, Gilberto no contaba con sus dos brazos. De inmediato me hice muchas preguntas. ¿Cómo podía alguien comer sin tener dos brazos? ¿Cómo podía vestirse? ¿Cómo podía peinarse, bañarse, lavarse los dientes? ¡vaya! cualquier actividad que se me venía a la mente en la que tenía que utilizar mis dos brazos, mis dos manos, me era imposible imaginar realizar sin ellos. Pues bien, Gilberto era esa persona a quien conocería y me diría qué tan difícil era llevar una vida así. Tremenda sorpresa me llevé con su respuesta.

A sus escasos veintitantos años, Gilberto había llevado una vida de excesos, consumía drogas, se alcoholizaba diariamente, había días en que no sabía ni siquiera dónde despertaba; pero, lo más triste de su situación, es que tenía una esposa tan joven como él, y 4 pequeños hijos que dependían completamente de sus múltiples ocupaciones. Y digo múltiples, porque no tenía un trabajo fijo, como me dijo cuando platiqué con él, trabajaba en lo que "saliera", lo que el día le deparaba. Precisamente, uno de esos días "salió" un trabajo fuera de la ciudad, en otro estado, creo que cosechando verduras. No tenía para el pasaje así que decidió, como en muchas ocasiones, viajar de "mosca" en un tren. Ni siquiera le gustó el trabajo que estaba desempeñando por lo que de inmediato decidió volver a su casa. Como había sido un largo viaje el de ida, llegar a ese lugar y ponerse a trabajar de inmediato y luego tener que regresar viajando de la misma manera, el cansancio lo venció, así que colgado de aquel tren se quedó dormido, cayó del mismo y sin darse cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, el tren amputó sus dos brazos. Semanas después, Gilberto abrió sus ojos, no se acordaba de lo sucedido. De pronto se vio rodeado de tubos, monitores y un sinfín de cosas que lo hizo suponer, estaba en un hospital.

Tratando de acordarse del por qué se encontraba allí, sintió la gran necesidad de rascarse la nariz, ¡qué simple! algo tan simple y que en ese momento lo llevó a enfrentarse a una terrible realidad, ¡no pudo hacerlo!, entendió que no tenía sus dos brazos, entendió que a partir de ese día su vida cambiaría radicalmente, creyó que todo acababa y que lejos de ser un humano, su vida se limitaría a ser "un costal" como él se describió cuando me relató su historia. En ese momento la firme idea de suicidarse cruzó por su mente; pero Dios en su infinita misericordia, eligió para él una esposa maravillosa, tan joven como él, pero con una madurez fuera de lo común. Ella fue quien, con mucha paciencia, le enseñó que el valor de una persona radica en su interior, no en su exterior. Un grupo de oración fue su soporte diario, mientras estuvo hospitalizado todos los días acudían a llevarle la palabra de Dios y a hacer oración junto a él. Sus pequeños hijos se convirtieron en sus grandes maestros. Ellos fueron quienes le enseñaron a vestirse, a comer, a peinarse, a adaptarse a su nueva vida. Y en verdad les digo, era maravilloso ver a un ser humano como Gilberto valerse por sí mismo aún y a pesar de que no contaba con sus dos brazos. 

Además del gran aprendizaje que Gilberto me regaló con su historia de vida, jamás imaginé lo que estaba por decirme y que cambiaría por completo mi forma de pensar. Cuando empiezo a entrevistarlo para fines del reportaje para televisión, vino la pregunta obligada... "¿qué tan difícil es ahora tu vida Gilberto?", lo cuestioné. Él calló por un largo rato y yo me sentí mal porque era obvia la respuesta que me iba a dar, en mi interior me cuestionaba una y otra vez, ¿cómo se te ocurrió hacer esta pregunta? ¿en qué estabas pensando?, me dije. Gilberto, después de esa larga, pero meditada pausa me respondió, "mi vida era más difícil cuando tenía mis dos brazos". Sí, leyeron bien, de la misma manera me quedé yo, sorprendida con esa respuesta. Prosiguió: "no puedo estar más que agradecido con Dios por esta nueva oportunidad de vida que me ha regalado, y que es mucho mejor que la anterior. Porque antes mis dos brazos sólo servían para destruir, me destruí a mi mismo y a mi familia, ahora, estoy seguro, que los nuevos brazos que Dios me va a regalar, son brazos para construir, y junto ello, recuperé a mi familia". Nuevamente, un nudo en la garganta se apoderó de mí y a mi mente vinieron muchos pensamientos de cosas materiales que en su momento me fueron muy difícil dejar de lado en mi vida. Hoy en día, Gilberto, con sus dos prótesis, se dedica a predicar la palabra de Dios y a construir un mejor mundo para su familia.

¿Cuántas veces hemos renegado, llorado, maldecido porque hemos perdido algo que tanto queríamos? ¿Cuánto nos cuesta dejar a un lado aquellas cosas materiales a las cuales nos aferramos porque nos hacen llevar una vida cómoda y llena de lujos? Gilberto me enseñó, que a veces, lo que tenemos y hemos construido con ello, no es necesariamente lo que necesitamos. Es a partir de entonces, cuando cada cosa que realizo pienso primeramente, si está ayudando a construir y no a destruir, aún y a pesar del dolor que pueda hacerme sentir en su momento; y segundo, si es algo que necesariamente necesito en mi vida. 






No hay comentarios:

Publicar un comentario