miércoles, 10 de noviembre de 2010

DAR LO QUE NOS FALTA... NO LO QUE NOS SOBRA

Un versículo en la Biblia dice que "Hay mayor alegría en dar que en recibir". Si alguna vez has practicado esta hermosa lección de amor, estoy segura que habrás experimentado esa sensación indescriptible de saber que con lo que hiciste pudiste, incluso, cambiar por completo la vida de alguien. A través de las diferentes historias de vida que he compartido con ustedes,  me he enfocado exclusivamente en historias de personas que han necesitado ayuda y que nos han dejado grandes aprendizajes de vida. Pues bien, la historia que hoy compartiré es de alguien que decidió ayudar y que también me dejó una extraordinaria lección de amor desinteresado, de desapego material y del verdadero significado del dar.

En la institución de asistencia en la que laboré durante tantos años, también conocí historias extraordinarias de donantes que me enseñaron que el dar, no tiene que ser condicionado esperando recibir algo a cambio por ello, y es precisamente lo que Doña Leonor, con su acto desinteresado de amor, me demostró una fría tarde de noviembre. 

Generalmente nuestra hora de salida del trabajo era a las seis de la tarde. Situación que sólo en la teoría podía llevar a cabo, porque en la práctica era imposible. Aprendí que la necesidad, la pobreza, la ayuda; no tienen día, ni hora, ni lugar. Así que prácticamente nuestro horario de salida era mucho después de la hora establecida. Esa tarde nos quedamos una servidora y dos compañeras más a revisar los pendientes de un proyecto de procuración de fondos que estábamos realizando en conjunto. Precisamente, una de mis compañeras en esa reunión, era la responsable del área de ingresos y donativos de la institución. 

Eran después de las siete de la tarde, hacía algo de frío y estábamos terminando de revisar algunos puntos. El resto del personal ya había salido de las oficinas, prácticamente quedábamos nosotras solas en la institución. Nos encontrábamos en el primer piso del edificio, precisamente junto al área de donativos, cuando de pronto escuchamos unos pasos caminando apresuradamente y de pronto, una señora, vestida de manera humilde, empezó a tocar la puerta en donde se recibían los donativos. El guardia de seguridad le había permitido la entrada, pensando que todavía podían recibirla. Cuando la vimos, de inmediato pensamos que era alguien que estaba en una necesidad apremiante ya que se veía algo preocupada y por su forma de vestir de inmediato supusimos que había llegado a la institución a solicitar apoyo. Mi otra compañera, mejor dicho, mi mejor amiga, era precisamente la encargada de coordinar trabajo social, así que de inmediato, al verla, se puso de pie y fue hacia ella para ver qué era lo que necesitaba y agendar con ella una cita para el día siguiente. "¿En qué podemos ayudarla? ¿Qué tipo de ayuda necesita?" fueron las preguntas obligadas. Doña Leonor sin titubear, nos dijo que quería dar una ayuda. Nos volteamos a ver y en automático, nuestros rostros denotaron duda, como queriéndonos decir unas a las otras, ¿entendimos bien?

Mi amiga, con voz dudosa le respondió: "Usted lo que quiere es que le ayuden". "No, no me han entendido", replicó Doña Leonor con voz demandante. "Yo vine aquí a dejar una ayuda. Yo trabajo en una casa de por aquí, como sirvienta". La institución se ubica en una colonia de un nivel socioeconómico alto en el centro de la ciudad. "Mi patrona me acaba de dar un dinero por estar próxima la Navidad, y de inmediato me vine para acá para darlo como ayuda, porque estoy segura que si me lo llevo a mi casa me lo voy a gastar en las necesidades que tengo, y sé que hay personas que tienen muchas más necesidades que yo, por eso es que estoy aquí". Después de escucharla, nuevamente nos volteamos a ver ahora con un rostro sorprendido pero a la vez lleno de agradecimiento. Después de que Doña Leonor hiciera su donativo, nuestra plática solamente se concentró en lo que acabábamos de vivir y de la oportunidad que tuvimos de conocer la belleza del corazón de una persona que sabíamos, que por su forma de vestir y de expresarse, fácilmente podía recibir ayuda por parte de nuestra institución. Ese dinero que su patrona le había adelantado como regalo navideño pensando en hacerla feliz y, que bien podría cubrir muchas de sus necesidades, ella lo había destinado desinteresadamente para hacer felices a otras personas que se encontraban en la misma situación que ella.

¿Cuántas veces te has detenido para brindar ayuda porque crees que lo que vas a dar te hace falta? ¿Cuántas veces has puesto como pretexto el no contar con el tiempo o dinero suficientes para donarlo a quien lo necesite? Ahora que conociste a Doña Leonor, te puedo asegurar, que cuando uno da, incluso lo que le hace falta y no necesariamente lo que le sobra, recibe mucho más en bendiciones y se multiplica no al cien por ciento sino al ciento por uno. 

Termino mi historia de vida de hoy con una frase que me encanta: "No doy porque tengo, más bien tengo porque doy".




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